A foucault jean Baudrillard Traducción de José Vázquez


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A FOUCAULT



Jean Baudrillard



Traducción de José Vázquez




PRE-TEXTOS





Título de la edición original en lengua francesa:

Oublier Foucault

© Éditions Galilée, 1977

Traducción: José Vázquez

Diseño cubierta: Manuel Ramírez

1º edición: 1978

2º edición: 1986

3" edición: 1994

© de la presente edición:

PRE-TEXTOS, 1994

Luis Santángel, 10 46005 Valencia

impreso en españa / printed in spa1n

isbn 84-85081-15-3

depósito lfgal v 768-1994

T.G. Ripoll, S.A. - Pol. Ind. Fuente del Jarro - Ciutat del Ferrol, 19

46988 Paterna (Valencia)
En la medida en que el movi­miento mismo del texto da cuenta admirablemente de lo que propo­ne, la escritura de Foucault es perfecta: esa espiral generativa del poder, que ya no es una arqui­tectura despótica, sino un encadenamiento infinito, un enrollamien­to y una estrofa sin origen (sin desenlace tampoco), con un desplegamiento cada vez más vasto y más riguroso; por otra parte, esa [7] fluidez intersticial del poder que baña toda la red porosa de lo social, de lo mental, y de los cuer­pos, esa modulación infinitesimal de tecnologías de poder (donde relaciones de fuerza y de seduc­ción están inextricablemente mezcladas) — todo eso se lee direc­tamente en el discurso de Foucault (que es también un discurso de poder): recorre, catexiza y satura todo el espacio que abre, los más mínimos calificativos van a inmis­cuirse en los más mínimos inters­ticios del sentido, las proposiciones y los capítulos se enrollan en es­piral, un arte magistral del descentramiento permite abrir nuevos espacios (espacios de poder, espa­cios de discurso) que quedan in­mediatamente recubiertos por el derramamiento minucioso de su escritura. Ni vacío, ni fantasma, ni retroceso en él: una objetividad [8] fluida, una escritura no lineal, orbital, sin fisuras. El sentido no excede nunca lo que se dice: sin vértigo, pero sin flotar tampoco nunca en un texto demasiado solemne para él: sin retórica.

En una palabra, el discurso de Foucault es el espejo de los pode­res que describe. Esa es su fuerza y su seducción, y no su "índice de verdad", eso es su leit-motiv: los procedimientos de verdad, pero no tiene importancia, porque su discurso no es más verdadero que cualquier otro — no, es en la ma­gia de un análisis que despliega los meandros sutiles de su objeto, que lo describe con una exactitud táctil, táctica, donde la seducción alimenta la potencia analítica, donde la lengua misma alumbra en la operación poderes nuevos. Esa es también la operación del mito, hasta en la eficacia simbólica que [9] describe Lévi-Strauss, y, sin em­bargo, ese no es un discurso de verdad, sino un discurso mítico, en el sentido fuerte del término, y yo creo secretamente, sin lugar a duda, en el efecto de verdad que produce. Eso es, por otra parte, lo que falta a los que, siguiendo las huellas de Foucault, pasan al lado de ese dispositivo mítico y se vuel­ven a encontrar con la verdad, nada más que la verdad.


La perfección misma de esta crónica analítica del poder es in­quietante. Algo nos dice, pero entre líneas, en segundo plano, en esta escritura demasiado bella para ser verdadera, que si es posi­ble hablar por fin del poder, de la sexualidad, del cuerpo, de [10] la disciplina, con esa inteligencia definitiva, y hasta en sus más delicadas metamorfosis, es que, por algún sitio, todo esto está desde ahora caduco, y que si Foucault puede establecer un cua­dro tan admirable es porque opera en los confines de una época (qui­zás la "era clásica", de la que sería el último gran dinosaurio), que está en vías de desaparecer definitivamente. Configuración propicia a los más esplendorosos aná­lisis antes de que los términos le sean retirados. "Cuando hablo del tiempo, es que ya no existe", decía Apollinaire. Y si Foucault sólo nos hablara tan bien del poder (y, no lo olvidemos, en términos reales, objetivos, multi­plicidades difractadas, pero que no atacan el punto de vista obje­tivo que se toma sobre ellas — po­der infinitesimal y pulverizado, [11] pero cuyo principio de realidad no es atacado), porque el poder está muerto, no solamente irreparable por diseminación, sino disuelto pura y simplemente de un modo que aún nos escapa, disuelto por reversión, anulación, o hiperrealidad en la simulación, qué sé yo, pero algo ha pasado a nivel del poder que Foucault no puede reco­ger del fondo de su genealogía: para él no hay finalidad en lo político, sino solamente metamor­fosis, de lo despótico a lo disci­plinario y de aquí a lo microcelular, siguiendo el mismo proceso que las ciencias físicas y biológi­cas. Inmenso progreso sobre lo imaginario del poder que nos do­mina — pero nada del axioma del poder ha cambiado: éste no salta por encima de su sombra, es decir, su definición mínima en términos de funcionamiento [12]real. Es, pues, vuelto aún hacia un principio de realidad y un principio de verdad muy fuerte, hacia una coherencia posible de lo político y del discurso (el poder ya no es del orden despótico de la prohibición y de la Ley, sino que aún es del orden objetivo de lo real), que Foucault puede describirnos las espirales sucesivas, la última de las cuales le hace descubrir las más ínfimas termina­ciones, sin que jamás el poder cese de ser el término, sin que pueda surgir la cuestión de su exterminación.

¿Y si Foucault sólo nos habla­ra tan bien de la sexualidad (por fin, un discurso analítico sobre el sexo, es decir, desligado del pathos del sexo y con la claridad textual de los discursos de antes del inconsciente, de los que no tienen necesidad del chantaje de [13] las profundidades para decir lo que tienen que decir), pero si sólo nos hablara tan bien porque esta figura de la sexualidad, esta gran producción (también ella) de nuestra cultura estuviera, como la otra, en vías de desaparecer? El sexo, como el hombre, o como lo social, puede no tener más que un tiempo. ¿Y si el efecto de realidad del sexo, que está en el horizonte del discurso de la sexualidad, viniese también él a esfumarse radicalmente dejando sitio a otros simulacros y arras­trando en su caída los grandes referentes del deseo, del cuerpo, y del inconsciente — toda esa leta­nía tan poderosa hoy? La hipótesis misma de Foucault se abre sobre la mortalidad del sexo a fe más o menos largo plazo. El psicoanálisis, que parece inaugurar el milenium del sexo y del deseo, [14] es quizás quien lo saca a relucir antes de que ya no sea nada. En cierta manera, el psicoanálisis pone fin al inconsciente y al deseo, como el marxismo pone fin a la lucha de clases, hipostasiándolos y enterrándolos en su empre­sa teórica. Estamos desde ahora en el metalenguaje del deseo, en un discurso desmedido sobre el sexo, donde el redoblamiento de signos del sexo oculta una inde­terminación y una descatexización profunda, la consigna sexual do­minante correspondiente a un medio sexual inerte. Da igual el sexo o la política: "Acordaros en el 68, cuántas huelgas y barri­cadas, cuántos discursos y adoqui­nes hicieron falta para que se comience a apreciar que todo es político. La pornografía, prolife­rante, censurada y en aumento, va a comenzar a hacer entrever [15] que todo es sexualidad" (Art. Press, número sobre la pornogra­fía). Doble absurdo: todo es po­lítico, todo es sexualidad — ab­surdidad paralela de dos consig­nas, en el justo momento en que lo político se derrumba, en que el sexo mismo involuciona y desa­parece como referencial fuerte en la hiperrealidad de la sexualidad "liberada".

Si la burguesía, como dice Foucault, se ha dado por el sexo y la sexualidad un cuerpo glorioso y una verdad prestigiosa, para pasarla después bajo forma de verdad y de destino banal a todo el resto de la sociedad, puede perfectamente ocurrir que ese si­mulacro se le escurra de la piel y parta con la piel. Esta nueva espiral, la de la simulación de lo sexual, esta segunda existencia del sexo, fascinación de un referencial [16] perdido1 (que no es más que la coherencia, en una configuración dada, del mito del inconsciente), Foucault no puede dibujarla, por­que se queda en la fórmula clá­sica del sexo. Incluso si hace una configuración de discurso, ésta tiene su coherencia interna, tiene, como el poder, un índice de refracción positivo. El discurso es discurso, pero los funcionamien­tos, las estrategias, las maqui­naciones que actúan en él son reales: la mujer histérica, el adul­to perverso, el niño que se mas-turba, la familia edipica: disposi­tivos reales, históricos, máquinas jamás trucadas — no más que las máquinas deseantes en su or[17]den energético y libidinal — todas existen, y esto es cierto: han sido verdaderas, pero las máquinas si­mulantes que refuerzan cada una de estas máquinas "originales", la gran maquinación simulante que prosigue todos estos dispositi­vos en una espiral ulterior, de esa, nosotros no sabremos nada con Foucault, porque su mirada no se desvía de la semiurgia clá­sica del poder y del sexo. No ve la semiurgia insensata del si­mulacro que se ha apoderado de ella. Quizás esta espiral que borra todas las otras, no sea más que una nueva figura del deseo o del poder, pero es poco probable, puesto que desintegra todo discur­so en esos términos. Barthes de­cía del Japón: "Allí, la sexualidad está en el sexo y en ninguna otra parte. En los Estados Unidos la sexualidad está en todas par[18]tes excepto en el sexo." ¿Y si el mismo sexo no estuviera ya en el sexo? Sin duda, asistimos, con la liberación sexual, con la porno, a esa agonía de la razón sexual. Y Foucault no habrá he­cho más que darnos la última palabra en el momento en que eso ya no tiene sentido. Igual, en Vigilar y castigar, con su teoría de la disciplina, del panóptico y de la transparencia. Teoría magis­tral, pero caduca. Esa teoría del control por la objetivación de la mirada, incluso pulverizada en dispositivos micro, está caduca. Estamos, sin duda, tan lejos de la estrategia de la transparencia en el dispositivo de la simulación como ésta pudiera estarlo de la operación inmediata y simbólica del suplicio descrita por Foucault mismo. Aún allí, una espiral falta, esa delante de la cual, Foucault, [19] extrañamente, se para, en el um­bral de una revolución actual del sistema que no ha querido jamás franquear.

Habría mucho que decir sobre la tesis central del libro: no hubo nunca represión del sexo, sino al contrario, exhortación a decirlo, a pronunciarlo, obligación de confe­sarlo, expresarlo, producirlo. La represión es tan sólo una trampa y una coartada para ocultar la asignación de toda una cultura al imperativo sexual. De acuerdo con Foucault (señalemos, no obstante, que esta asignación no tiene nada que envidiar a la vieja represión: represión o habla "inducida", qué diferencia hay, es cuestión de pa­labras), pero, ¿qué quedaría en[20]tonces de la idea esencial del li­bro? Esto: a una concepción ne­gativa, transcendente y reactiva del poder, fundada en la prohibi­ción y en la ley, la sustituye otra que es positiva, activa, inmanente, y esto es efectivamente capital. Es sorprendente la coincidencia entre esta nueva versión del poder y la nueva versión del deseo pro­puesta por Deleuze o Lyotard: ya no más la carencia o la prohibi­ción, sino el dispositivo, la dise­minación positiva de flujos o de intensidades. Esta coincidencia no es accidental: es simplemente que en Foucault el poder sustituye al deseo. Está allí como el deseo en los otros: siempre presente, de­purado de toda negatividad, es red, rizoma, contigüidad difracta­da al infinito. Es por eso por lo que no hay deseo en Foucault: el sitio está ya cogido (inversamente, [21] uno puede preguntarse si en las teorías esquizo y libidinales, el de­seo o cualquier cosa de ese tipo, no es la anamorfosis de un cierto poder — bajo el signo de la mis­ma inmanencia, de la misma po­sitividad, de la misma maquineria en todas direcciones — o mejor, uno puede preguntarse si, de una teoría a otra, deseo y poder no intercambian su imagen en una especulación sin fin — juegos de espejo que son para nosotros jue­gos de verdad).

Lo que es cierto es que las dos teorías son profundamente gemelas, sincrónicas, isocrónicas en su "dis­positivo" (término que le es tan caro), sus senderos son los mis­mos — por eso pueden tan bien intercambiarse (ver el artículo de Deleuze sobre Foucault en Criti­que diciembre, 1975) y generar des­de hoy todos los subproductos —[22] "gozar del poder", "el deseo del capital", etc. — que son la exac­ta réplica de los subproductos de la generación anterior — "el de­seo de revolución", "gozar al mar­gen del poder" etc. — porque en aquellos tiempos, reicheanos y freudo-marxistas, deseo y revolu­ción eran de signo contrario; hoy micro-deseo (del poder) y mi­cro-política (del deseo) se confun­den literalmente en los confines maquínicos de la libido: basta con miniaturizar. De la espiral evocada por Foucault: poder/sa­ber/placer (él no osa decir poder/saber/deseo, cuando, es, sin em­bargo, del deseo, de toda la teoría del deseo, de lo que se trata), de ese enlazamiento mole­cular que dibuja toda la histeria visible del futuro, Foucault forma parte: es él quien habrá contribui­do a introducir un poder que sea [23] del orden, del mismo orden de funcionamiento que el del deseo, como Deleuze habrá introducido un deseo que sea del orden de futuros poderes. Esta complicidad es demasiado bella para no ser sospechosa, pero tiene para sí la inocencia de los esponsales. Cuan­do el poder se acerca al deseo, cuando el deseo se acerca al po­der, olvidémoslos.

Sobre la hipótesis de la repre­sión: de acuerdo para objetarla radicalmente, pero no sobre la ba­se de una definición simplista. Ahora bien, es esa la que Foucault rechaza: la de la represión del sexo con vistas a drenar todas las energías hacia la producción material. Sobre esta base es dema­siado fácil decir que los proleta­rios habrían debido ser los prime­ros alcanzados por la represión — sin embargo, la historia muestra [24] que se experimenta primero en las clases privilegiadas. Conclusión: la hipótesis de la represión es insos­tenible. La interesante es la otra hipótesis: la de una represión ve­nida de mucho más lejos que del horizonte de las manufacturas y englobando simultáneamente el de la sexualidad. Liberación de las fuerzas productivas, liberación de las energías y de la palabra se­xual: el mismo combate, el mismo avance de una socialización cada vez más fuerte y diferenciada. O, lo que es lo mismo, que la re­presión en la hipótesis máxima no es nunca represión DEL sexo en provecho de qué sé yo qué, sino represión POR el sexo — encuadramiento de los discursos, de los cuerpos, de las energías, de las instituciones por el sexo, en nom­bre "del sexo que habla". Y el sexo reprimido no hace más que [25] ocultar la represión por el sexo. La rama de la producción con­duce del trabajo al sexo, pero cambiando sus orientaciones: de la economía política a la libidinal (última adquisición del 68), se da el paso de un modelo de sociali­zación violento y arcaico (el tra­bajo) a un modelo de socialización más sutil, más fluido, a la vez más "psíquico" y más cerca del cuerpo (lo sexual y lo libidinal). Metamorfosis y viraje de la fuerza de trabajo a la pulsión, viraje de un modelo fundado sobre un sis­tema de representaciones (la famo­sa "ideología") hacia un modelo que funciona sobre un sistema de afecto — no siendo el sexo más que una especie de anamorfosis del imperativo social categórico. De un discurso al otro (por­que de discurso se trata) corre el mismo ultimátum de producción [26] en el sentido literal del término. La acepción original de la "pro­ducción" no es, en efecto, la de fabricación material, sino la de hacer visible, la de hacer apare­cer y comparecer: producere. El sexo se produce como se produce un documento, o como se dice de un actor que se produce en es­cena. Producir es materializar por la fuerza lo que es de otro orden, del orden del secreto y de la seducción. La
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